De lo estético a lo ético en la doctrina platónica

De lo estético a lo ético en la doctrina platónica

Edwin Leonel Córdova Reto

Lo bello nos mueve a la verdad y al bien, hacia la divinidad. Se da una apertura desde lo bello a lo ético y a lo religioso. Lo bello siempre nos lleva por el amor a lo bello en sí, es decir, a Dios. Este delirio divino es un entusiasmo, una fuerza por la cual el hombre sale de sí mismo y busca conquistar el cielo por asalto. La divinidad se alcanza por una contemplación del alma para llegar a la verdad. La verdad y el bien coinciden con la belleza. El remedio propuesto por Platón es el arte de las definiciones, esto es para lograr decir la verdad y hablar en rectitud.

Definir es no contradecir la naturaleza de las cosas, si no que rescata a as criaturas tales, como una vez fueron pensadas por la mente divina. La verdad y bondad de las cosas al ser conocidas causan agrado y deleite al que las contempla. A esa propiedad de los entes nos referimos al afirmar que algo es bello. La idea de belleza no tiene una existencia separada, pero si es diferente de todas sus incorporaciones. Su eternidad y pureza contrasta con la transitoriedad e imperfección de sus incorporaciones.

El eros es una démon cuya función es servir de intérprete entre los dioses y los hombres, llevando de la tierra al cielo los votos y el homenaje de los mortales, y del cielo a la tierra las voluntades y beneficios de los dioses. El Amor mantiene la armonía entre la esfera humana y la divina, aproxima estas naturalezas contrarias, y es el lazo que une el gran todo. Esto equivale a decir, que el hombre, por el esfuerzo del Amor, se eleva hasta Dios.

Pero es preciso saber bien lo que es amar lo bello: es desear apropiárselo y poseerlo siempre, para ser dichoso. Y aspirar a la producción de la belleza mediante el cuerpo y según el espíritu; el amor no es realmente otra cosa que el deseo mismo de la inmortalidad. La inmortalidad en el espíritu, es la propia del hombre que ama la belleza del alma, y que trabaja para producir en un alma bella, que le ha seducido, los rasgos inestimables de la virtud y del deber. De esta manera perpetúa la sabiduría y se asegura una inmortalidad muy superior a la primera.

La participación de Platón es la reminiscencia que se hace desde el mundo de las realidades sensibles hacia las ideas, que forman la verdadera realidad que no cambia, una realidad inteligible. El eros es una fuerza que lleva hacia el bien –hacia lo bello-, y la erótica, entendida como expresión del eros, a su vez se manifiesta como una vía alógica que lleva hasta lo absoluto. Las cosas bellas solo pueden llamarse bellas en la medida que participan de la idea de belleza. Cuando dominamos la parte ínfima y menos noble de nuestro ser, aprendemos a descubrir y a contemplar en las cosas los vestigios de la perfección soberana y ascendemos movidos por el afán de emulación, de enamoramiento de la belleza increada.

Platón dice que debemos tener cuidado con las artes de imitación. El entusiasmo divino se aplica a los verdaderos poetas a los poetas sagrados, pero no a los meros imitadores o a los copistas, mucho menos a los artistas blasfemos o sacrílegos. El origen y fundamento de la belleza esta Dios, y Dios mismo es belleza, y que la belleza es uno de los nombres de Dios. No hay verdadero arte de hablar que no esté unido a la verdad. Platón consideraba que el decir hablado es superior al decir escrito. Pues la voz sonora es la resonancia de aquella voz de los antiguos que recibieron el mensaje del mismo Dios.

El buscador de la belleza, según Platón es un ser anclado en la tierra, pero disparado al cielo. Ese deseo de belleza que tiene, es un arrebato que nos saca fuera de nosotros mismos. Y nos transporta más allá de nosotros mismos. Para Platón el amor impulsa al alma a hacer las cosas bellas, que así con alas, quiere conocer la primera belleza, la belleza increada, Dios mismo. El artista no es, ni puede ser independiente respecto de la moral, la obra de arte que produce como toda obra humana debe orientarse hacia el fin último que es Dios. Si el artista tomara como fin ultimo la belleza de ese objeto, caería en idolatría y en esteticismo.

El placer de lo bello es desinteresado, el apetito sensible es por naturaleza un apetito interesado. La inteligencia es un puro desinteresado existir para el ser. La inteligencia aspira a ver la perfección de la cosa per se, sin cálculos utilitarios. La contemplación de lo bello es desinteresada. Para dejarnos entusiasmar por lo bello, hay que educarnos en el terreno ético.[1]

Existe el placer de lo bello, pero es un placer propio del apetito natural de la inteligencia por eso hay que distinguir, para poder crear un arte correcto. Hay que distinguir entre la belleza meramente sensual, que conduce al amor meramente sensual, y la belleza inteligible que conduce y se funda en un amor superior. Y debemos buscar alcanzar esa belleza superior mediante el amor, desarrollando virtudes que nos ayuden a salir de lo sensible para llegar a la verdad y bien absolutos. La vida que alcanza mayor placer es la vida virtuosa, por la cual se purifica el alma[2], en la que se da la contemplación de Dios.


[1] Cfr. Labrada, María Antonia. Estética. EUNSA. Navarra: 1998. Pág. 195

[2] Cfr. Reale, Giovanni. Storia della Filosofía Antica. Platone e Aristotele. Tomo II. Vita e pensiero. Milano: 1984. Pág. 150

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