NOCIONES PACÍFICAS PARA UNA ANTROPOLOGÍA PERSONAL

NOCIONES PACÍFICAS PARA UNA ANTROPOLOGÍA PERSONAL

El amor como vínculo de la perfección de la naturaleza humana

Edwin Leonel Córdova Reto

INTRODUCCIÓN

Un error pequeño en el principio se hace grande al final[1]. Por ello, para evitar errores en torno a la persona se hace necesario responder a la pregunta ¿Qué es la persona humana? Pero, no todos abarcan este tema de manera decidida y personal, al contrario, muchos aceptan una respuesta que previamente ha sido elaborada –y adoptada- en virtud de unos particulares intereses y circunstancias. Esto muestra a la humanidad como extraviada y dominada por el egoísmo y el miedo; sin dar espacio al amor que nos brinda una vida con esperanza, necesaria en un mundo que ha dejado de buscar su sentido.

Por ello, se hace necesario descubrir cuál es la naturaleza o esencia humana, y al mismo tiempo se nos hace urgente preguntarnos qué función tiene el amor en la búsqueda personal de la felicidad, si realmente nos guía a una vida plena y nos aleja de proyectos vitales mediocres, carentes de imaginación y desesperanzados del mundo. En consecuencia, el presente escrito no pretende dar respuestas definitivas, sino trazar unos lineamientos generales que nos permitan obtener una noción de la persona que haga posible formular una respuesta personal sobre el sentido de la vida y la felicidad.

¿QUÉ ES LA PERSONA HUMANA?

No se puede dar una definición exacta de la persona, dado que no se puede limitar clara y distintamente su ser personal. Pero, si podemos realizar un alcance de la misma a partir de la elaboración de una noción que brote de la experiencia personal de los seres humanos. En ese sentido, a partir del elemento experiencial común a todas las personas[2] y de la reflexión del mismo, es que la persona se descubre como un ser pensante[3], y así sus reflexiones sean correctas o no, puede concluir que es y que existe, por lo que afirmamos que la persona es un ente real que se relaciona con su mundo, y que al examinarse a sí misma, nota sus múltiples dimensiones armónicas entre sí, por lo que se le califica como “una realidad compleja”.

La primera dimensión que la persona identifica es la individual, dónde reconoce una intimidad en la que forma sus convicciones que regirán su acción. La segunda es la social, en la cual se relaciona con otras personas. Luego, al observar la corrupción de lo sensible descubre su dimensión material que le exige un cuidado para poder preservarse. Finalmente, distingue en sí una inmaterialidad que determina su corporalidad, y que sin ella se producirá la muerte, descubre su dimensión espiritual.

De las dimensiones de la persona humana se desprenden una serie de exigencias y necesidades, que debe satisfacer para desarrollarse. Por ello, se comprende que no somos perfectos, pero, a partir de la constante búsqueda de bienes entendemos que no deseamos quedarnos con esa imperfección, por lo que la noción de persona humana sería la siguiente: Una realidad compleja e imperfecta que tiende a la perfección[4].

La noción alcanzada nos hace entender que el término “persona” no otorga unos atributos especiales, sino que reconoce en los seres humanos unas determinadas características que los diferencian de los otros seres. Dicho de otro modo, el ser persona es un reconocimiento de una realidad ontológica, no es un acto constitutivo acerca de la persona humana[5]. Y es a partir de la noción propuesta se afirma que la naturaleza humana es teleológica, es decir, persigue una finalidad la cual es perfeccionarse a sí misma.

En ese sentido, puede afirmarse que la exigencia de auto-perfección y la consecuente necesidad de respeto que les es exigible a los demás constituyen lo que llamamos dignidad. La que obliga a todos a tratar a cada persona como fin en sí mismo, y no como medios para alcanzar nuestros propios fines. La dignidad es el fundamento de la persona que le permite -y le exige- seguir perfeccionándose a través de la obtención de bienes que satisfagan sus exigencias y necesidades. La vida es digna no sólo cuando existe la posibilidad potencial de alcanzar bienes que podrían perfeccionar al ser humano, sino cuando se alcanzan realmente, y está dignidad es igual para todos.

Por lo que puede afirmarse que la persona humana es una realidad absoluta no condicionada, es decir, es libre para vivir dignamente, para intentar alcanzar la felicidad, lo que tiene que ver con la formulación de un proyecto vital, y la constante relación con las demás personas en las que se pone de manifiesto el amor por medio de las relaciones familiares, las amicales y el amor eros que forma una familia.

Asimismo, observamos que la persona se desenvuelve históricamente, es decir, vive instalada en un espacio y tiempo determinado, en el cual busca perfeccionarse y exige el respeto de una determinada comunidad[6], con la que colabora para alcanzar el bien común. Es en el mundo donde la persona despliega su vida permitiéndole obtener bienes que perfeccionen su existencia, siendo capaz de relatar su vida de manera biográfica, es decir, explicándose por sus acciones[7]. Esto es posible solo si se habita el mundo, el hombre es el único ente que habita, el único habitante, dado que es capaz de observarlo, comprenderlo y modificarlo en base a sus exigencias y necesidades, sin perder su sentido.

La instalación espacio-temporal, es decir, la conciencia que se habita un lugar y tiempo determinado en la que se actúa teniendo como fundamento la propia dignidad es lo que se denomina historicidad de la persona humana, en la que no se considera al ser humano como un ser abstracto sino como un ser concreto que se relaciona de manera efectiva con su entorno –sin abusar del mismo-, y que también busca superar el tiempo para formarse una identidad, para permanecer a través del tiempo y proyectarse al futuro con un proyecto vital personal y creativo[8]. Asimismo, se puede afirmar que en esa búsqueda histórica y biográfica de la felicidad el ser humano actúa en cuerpo y alma.

Por lo que se hace necesario saber qué son el cuerpo y el alma, y cómo se relacionan entre sí. El alma es la forma del cuerpo[9], lo que pone de manifiesto que el cuerpo y el alma se relacionan, y en consecuencia, debe evitarse todo tipo de dualismo, el cual es una visión errónea, que lo que hace es mostrarnos a la persona escindida en dos mitades irreconciliables[10]. La persona humana es un cuerpo animado, en el cual el alma y la materia son ambos importantes; siendo que la primera le da estructura a la materia transformándola en cuerpo; y nos da la capacidad de actuar en el mundo, es decir,  nos otorga la razón, la que puede entenderse como la posesión espiritual de la inteligencia, la voluntad y la libertad que direccionan el perfeccionamiento humano por medio del conocer la verdad, quererla como un bien y auto-determinarse a fines, respectivamente.

Actualmente, se vive en un dualismo que acertadamente indica que al morir el alma se separa del cuerpo[11], pero, se equivoca al considerar que el alma se salva trascendiendo lo sensible, abandonando al cuerpo para siempre. El alma y el cuerpo no son elementos pre-existentes, sino que el cuerpo sin el alma no es tal cuerpo, porque no llega a constituirse y estar formalmente organizado como tal. Todo lo que pasa al alma le pasa al cuerpo, ambos caminan siempre juntos porque son una sola “cosa”: la persona[12].

Por ello, la persona humana tiene que ser cuidadosa en su búsqueda de la felicidad; procurando mantener una armonía con el mundo del cual formamos parte, y del que muchas veces nos hemos visto equivocadamente como extraños a él. En ese sentido, surgen las virtudes como puntos medios prudenciales del actuar humano; por lo que es posible afirmar que el ritmo y la medida constituyen la ley de las cosas humanas y naturales. Por eso la persona, en su búsqueda de la felicidad, siempre deberá alcanzar una correcta medida en su actuar, y de esta manera podrá contemplar, el bien incondicionado, el que dirige todas nuestras acciones y colma todos nuestros deseos, es decir, Dios.

La corporalidad pone de manifiesto que la persona es un ser limitado, que se verá afectado por el dolor, la enfermedad, y la muerte. Y siendo que el alma por sí sola no es la persona y el cuerpo por sí solo no es la persona, dado que ambos se encuentran intrínsecamente unidos en la vida, también compartirán un mismo destino en la muerte[13]. La muerte es el mayor de todos los males naturales, y en él culminan en última instancia todos los demás, porque es la privación del bien que hace posible los demás bienes: la vida y el ser. De todas las desgracias humanas, la muerte es la mayor de ellas[14].

En la muerte no muere ni el cuerpo del hombre ni su alma por separados, sino que muere el hombre en sí mismo, es decir, la persona en su totalidad[15]. La muerte no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo, es decir, la separación de la materia y de su principio vital, que convierte el cuerpo en un cadáver. La muerte nos permite observar, que por muy unitario que sea el hombre, la unión alma-cuerpo no es suficientemente estrecha o fuerte; si lo fuera, el hombre no moriría. Es precisa alguna debilitación de la unión entre el alma y el cuerpo para que pueda acontecer la muerte, pues en otro caso, siendo el alma inmortal el transito seria eterno[16].

La búsqueda de la felicidad sería una mentira si todo termina con la muerte, para que la felicidad sea verdad necesita apoyarse en la esperanza de una inmortalidad posterior a la muerte. El alma es inmortal, no obstante, la supervivencia del alma es incompleta e imperfecta, es decir, es antinatural para el alma estar sin el cuerpo; esto no quiere decir que el alma se reencarne en otro cuerpo dado que solo es forma de un determinado cuerpo, los demás cuerpos ya tienen su forma que los hace ser lo que son, esto es porque no existe cuerpo sin alma. Asimismo, si nada contra la naturaleza puede ser perpetuo. Se puede concluir que el alma no estará separada del cuerpo por siempre. Por otra parte, como ella es inmortal, es preciso que de nuevo se una al cuerpo, lo cual es resucitar. La inmortalidad de las almas exige la futura resurrección de los cuerpos[17].

LIBERTAD Y LEY NATURAL

La persona busca su felicidad de manera libre y la encuentra finalmente en Dios[18], que satisface todas nuestras exigencias y necesidades, es decir, plenifica toda nuestra vida. Esa búsqueda de la felicidad se pone de manifiesto al momento de elaborar un proyecto vital, y al destinarse al ser amado. Y debido a que esas acciones son libres, resulta necesario saber qué es la libertad, y que medida tiene al momento de ejercerse.

La libertad no solo debe entenderse como la capacidad de elegir, sino que ante todo es la capacidad de auto-determinación[19], hacia unos fines que han sido previamente vistos como verdaderos y buenos por nuestra inteligencia y voluntad, respectivamente. La naturaleza humana es libre[20]: naturaleza y libertad se co-implican en el hombre, no pueden separarse. La naturaleza humana radica en alcanzar libremente la verdad y el bien, es decir, el objeto de sus facultades superiores. Esto es lo que la persona puede y debe hacer, para poder seguir siendo lo que es, para no dañar su naturaleza, para aceptarse a sí mismo y aceptar a los demás, alcanzando una vida lograda tanto personal y social.

En ese sentido, se es más libre cuando nos auto-determinamos hacia aquello que más nos perfecciona, es decir, las acciones humanas libres nos llevan al desarrollo personal y social, pero no podrían lograrlo si no están correctamente medidas en base a la ley natural. Por lo que se afirma que “la ley es una regla y medida de nuestros actos según la cual uno es inducido a obrar o dejar de obrar […]. Ahora bien, la regla y medida de nuestros actos es la razón, que […] constituye el primer principio de los actos humanos, […]. Se sigue […] que la ley es algo que pertenece a la razón[21].” y su origen se encuentra en ella. Por ello, Tomás de Aquino reunió los conceptos de racionalidad, bien común y procedimiento legítimo para definir a la ley como “una ordenación de la razón, en vista del bien común y promulgada por el que tiene al cuidado la comunidad[22].”.

Pero, no existe una sola clase de ley, sino cuatro tipos de leyes; cada una con una amplitud, un alcance y unas características que las hacen diferentes y coherentes entre sí mismas. La primera es la ley divina que direcciona la vida humana; se conoce sólo por revelación, no le corresponde al ser humano captarla por sí mismo, sino a Dios mismo entregarla. La segunda es la ley eterna que es promulgada por Dios y dirigida al gobierno del mundo, es eterna porque es a Dios a quien le corresponde la eternidad. No puede ser conocida por las personas, no obstante, la ley eterna “[e]s el fundamento de toda ley”[23]. Pero, si esta ley no puede ser conocida, ¿cómo fundamentar en ella a la ley humana?

Esto es posible porque dicha adecuación tiene que ser en orden a la razón y a la naturaleza de las cosas. Por ello, entendemos que existe una tercera clase de ley, la cual es la ley natural, la misma que consiste en un conjunto de prescripciones inscritas en la razón de toda persona humana que ordena hacer el bien y evitar el mal. La ley natural es una participación de la ley eterna. La ley eterna es la misma ley natural, pero se diferencia en que la segunda es la misma ley eterna, pero participando en la razón humana. La ley natural es ante todo y en sí misma un complejo objetivo de juicios racionales sobre la conducta humana, que puede ser conocida por todos. Hay que distinguirla, pues, de su manifestación habitual en la conciencia[24]. Es decir, nos permite descubrir la naturaleza de las cosas relacionadas al ser y obrar humano; esto es así, debido a que la ley natural es cognoscible, universal, inmutable e indeleble[25].

La cuarta clase es la ley humana positiva, la misma que es promulgada por la persona humana que ocupa el lugar de legislador, descansa en su propia razón, y tiene como objetivo el bien de la sociedad y se aplica a los seres humanos. Por ello debe partir de los preceptos de la ley natural para que al momento de la positivización sigan respetando la dignidad. No obstante, el conocimiento y formulación de las leyes, es obra de la razón humana que puede equivocarse en algunos casos porque es falible en concreto, aunque en general el conocimiento tiende a la verdad.

El contenido de la ley positiva representa una decisión política, una elección del legislador que si no se fundamenta en la ley natural da como resultado una ley injusta[26], la cual al no respetar la dignidad no debe permanecer en el ordenamiento jurídico en la que se ha dictado. Por ello, es coherente la fórmula agustiniana: “la ley injusta no es ley, sino violencia”[27], por lo que tenemos que la ley injusta no es ley en el mismo sentido y con la misma intensidad que la ley justa, dado que no cumple con la finalidad que se supone debe tener una ley, es decir, regular la convivencia humana para poder garantizar la perfección de la persona y de su sociedad.

LAS RELACIONES INTERPERSONALES

La persona como ser libre se desarrolla en sociedad, y ese desarrollo puede estar medido por la justicia, el amor y el odio. Son las relaciones interpersonales el verdadero escenario de la existencia humana y por eso constituye quizá uno de los núcleos centrales del estudio antropológico[28]. La libertad significa apertura hacia las demás personas; de las cuales también se espera una respuesta[29]. Por ello, si no hubiese otro alguien que nos reconociera, nos escuchara y aceptara el don que ofrecemos la vida sería un fracaso[30].

Si las relaciones interpersonales son de odio buscan destruir a las otras personas, si son de justicia buscan otorgarle lo que le corresponde, pero sin son de amor se busca por medio de la benevolencia reconocer el sentido del otro y apoyarlo en su perfección, esto se dirige especialmente a la persona humana teniendo en cuenta su dignidad. Y siendo que el amor no se da sin la belleza, es en este descubrir el sentido de las otras personas que se les observa como bellas y de nuestra interrelación con ellas queremos trascender a lo divino[31], impulsados por el amor de paso en paso hasta conocer la belleza en sí[32].

Antes de seguir hablando del amor humano, esbozaremos una doble clasificación del mismo. La primera clasificación se da “según el modo de amar” y la segunda “según a quien va dirigido el amor”. En la primera se encuentra el amor de necesidad y el amor de benevolencia. El amor necesidad, o amor de concupiscencia[33], va dirigido principalmente a las cosas materiales que se desea tener para perfeccionarse, no es algo negativo en sí mismo, dado que toda persona desea alcanzar la perfección. No obstante, si se produce un exceso de este tipo de amor se puede caer en el consumismo, la crematística o el utilitarismo, en los cuales observaríamos a las personas como medios en lugar de observarlas como fines en sí mismas.

En cambio, el amor benevolencia, o amor dádiva, se dirige a descubrir el sentido del ser amado y buscar su perfección. La benevolencia va dirigida a todo lo existente, y constituye el modo de amar más idóneo con el que se ama a las personas humanas[34]. El amor benevolencia tiene su origen en el descubrir el sentido de la propia vida y desear perfeccionarse; por ello, se puede afirmar que el amor humano inicia en el amor hacia uno mismo, dado que nadie da lo que no tiene, sino se ama a sí mismo no podrá amar a otra persona. Esto es porque el amarse a uno mismo es amar al ser que nos dio la vida[35].

La segunda clasificación nos muestra tres clases de amor: el amor familiar, la amistad y el amor de amantes o amor eros, muchas veces llamado incorrectamente amor de pareja. Podemos empezar indicando que en esta trilogía se puede formar un circulo virtuoso o un círculo vicioso, dado que según como son criados en casa se relacionan con los amigos y encuentran y tratan a su ser amado con el que formaran una familia donde en la mayoría de los casos se repetirán las conductas de nuestros padres hacia nosotros en la forma en que podamos tratar a nuestros hijos. Pero en caso de que nuestra crianza no haya sido la más idónea, recordemos que podemos evitar un círculo vicioso, dado que el ser humano puede levantarse con una mirada de esperanza y romperlo para poder formar una familia que busque la felicidad y puede interaccionar adecuadamente con la sociedad.

El amor familiar se desarrolla como resulta obvio en la familia, por lo que podemos empezar indicando que es la familia. La cual puede ser definida como la unión de dos amantes que se prometen entre sí el seguirse amando, por lo cual están dispuestos a hacer público su amor y aceptar las consecuencias del mismo, es decir, dan la bienvenida a los hijos como un don recibido, dado que no se les reclama como un derecho. Y al recibirlos como un don se realiza el primer acogimiento necesario en el desarrollo personal del nuevo ser humano que nace inadaptado en el mundo.

La familia es la primera propiedad del ser humano, es el lugar donde nos guardamos a nosotros mismos con nuestras posesiones, donde se guarda a la persona amándola[36]. El deseo de volver a la casa –luego de un viaje o de un día de trabajo- es porque el hogar es el lugar donde habita la familia, y en donde se crea una intimidad común-familiar[37]. En donde se comparte de manera plena una vida, y en donde los hijos reciben la formación necesaria para que puedan buscar su propia perfección, la que empiezan a buscar en el hogar y seguirán buscándola toda su vida en la sociedad, recordemos en ese sentido que la familia puede ser entendida como una pequeña sociedad.

No obstante, en la familia reinan las relaciones asimétricas, dado que siempre los hijos tendrán una deuda enorme con sus padres, que es el haber recibido el ser, deuda que toda persona tiene, dado que todos somos constitutivamente hijos. Y formamos parte de una comunidad intergeneracional, lo cual se puede ver en el apellido de la familia, somos parte de una estirpe que perdura en el tiempo y nos da identidad, por ello en la familia se concretan las formas de superación del tiempo, se recuerda el pasado: los antecesores; se deja una permanencia en el mundo: el hijo y su formación; y se proyecta al futuro: se trabaja en la familia para obtener una serie de bienes, para apoyar a que los hijos logren y formulen sus proyectos vitales, y se busca de manera conjunta alcanzar a Dios, dado que la familia es el medio adecuado para lograr la perfección, y encaminar la búsqueda que los hijos harán de ella siendo adultos.

En ese sentido, debe cuidarse a la familia como institución social. Por ello, para evitar cualquier deterioro entre los cónyuges, debe evitarse en la familia todo tipo de actitudes machistas y feministas. El feminismo busca que la mujer salga del hogar y cometa el mismo error que cometió el varón hace mucho, el cual consistió en abandonar la casa familiar convirtiéndose solo en un proveedor. En ese sentido, no debe permitirse que la mujer salga del hogar a convertirse en proveedora, sino que lo que debe buscarse es que el varón regrese al hogar para ser verdadero padre, recordemos que los padres crían y no solo engendran. Y será cuando el padre regrese al hogar que el varón y mujer, que dirigen una familia, podrán atender a los hijos y desarrollarse profesionalmente[38], sin tener que elegir entre estas dos opciones como si fueran totalmente opuestas e irreconciliables.

Del hogar salen los hijos a la sociedad, y es en la sociedad donde se encuentran con nuevos “hijos” de otras familias con los que entablará relaciones, algunas serán solo de convivencia social, y otros se convertirán en sus amigos y querrán estar constantemente dialogando con ellos. En ese sentido, se define a la amistad como la benevolencia reciproca dialogada[39], esto es porque debe desearse el bien del amigo por el amigo mismo, porque el amigo es otro yo[40]. Existen dos sentidos de la palabra amistad: El primero es aquel que designa una relación estable personal y privada. El segundo es la amistad cívica, sociabilidad o actitud amistosa, que lleva a establecer unas relaciones interpersonales basadas en la benevolencia para mantener una pacífica y fructifica convivencia.

Debemos tener claro que no es amistad, sino interés la relación que se establece con otra persona buscando obtener algún beneficio, dado que después de obtenerlo la relación formada se extinguiría; el primer rasgo de la verdadera amistad es el desinterés. La amistad requiere compañerismo, dado que es en el compartir una tarea o un trabajo que las personas se empiezan a conocer[41]. Asimismo, la amistad busca la compañía del amigo y encuentra satisfacción en ella, dado que un amigo se atreve a hablar con el otro como consigo mismo, es una discusión dialogada de las discrepancias, que sabe obtener un enriquecimiento de los propios puntos de vista en base a integrar los de los demás[42].

La amistad no nace inmediatamente, sino que tarda en crecer debido a que la amistad necesita tiempo; esto es porque la amistad no empieza a crecer hasta que abrimos el mundo interior al que empieza a ser nuestro amigo, para poder empezar a conocernos.  Una sociedad sin amistad sólo puede resolver sus conflictos mediante los tribunales de justicia y no mediante el diálogo, se judicializa la vida social y se tiende a la violencia[43].

En este conocer personas en la sociedad, debemos recordar que actuamos según nuestro modo de ser, el cual es o ser varón o ser mujer; lo que no es lo mismo que ser macho o hembra, las cuales son categorías animales[44]. En ese sentido, la sexualidad humana afecta al cuerpo y al espíritu manifestándose en diferentes modos de “estar” en el mundo. Por lo que debemos respetar la diferencia entre varón y mujer buscando la complementariedad, y no la oposición o incompatibilidad, entre ambos[45].

La sexualidad es aquella dimensión humana en virtud de la cual la persona es capaz de una donación interpersonal específica[46]. La sexualidad es condición de toda la persona, pero es también una capacidad física y psíquica de realizar un gesto: el acto sexual. Ese gesto significa que dos personas se dan una a la otra, se destinan recíprocamente. Esta entrega amorosa solo tiene sentido si es una forma más del compartir, de la entrega realizada en el matrimonio por loa amantes: esposo y esposa[47].

El gesto del acto sexual es la manifestación de un tipo de amor especial, distinto de todos los demás, el que se da entre un varón y una mujer. No se puede entender la sexualidad si no se considera ese “amor especial”, dentro del cual ella encuentra su sentido humano. Es más, fuera de ese amor la sexualidad deja de ser algo bello y bueno, y se convierte en algo simplemente útil. Esto sucede cuando no se toma el sexo suficientemente en serio[48]. Si en ese amor “especial” que es el eros no se da, la sexualidad no alcanza su plenitud, y se degrada.

La peculiaridad del eros o amor de amantes le viene dada de ser un amor-dádiva que, sin dejar de serlo se transforma en amor-necesidad. Estar enamorado es un amor-dádiva-necesario. Enamorarse es “caer en el amor”, algo que ocurre sin previo aviso. Es algo gratuito, la persona amada es un regalo, el enamorado ve al otro como un don. Enamorarse es gratuidad inmerecida: se me da el otro, pero yo me doy a él porque lo amo con este amor “especial”[49]. El enamorarse nos hace ver la vida y el mundo de otra manera, todo tiene un sentido nuevo. Por ello, cuando se está enamorado la persona amada es la fuente de sentido de todo lo que hacemos o dejamos de hacer.

Ahora, nos preguntamos cómo se produce ese enamoramiento. Lo primero que debemos decir es que la persona humana al estar instalada en espacio-tiempo se desarrolla socialmente y es en ese desarrollo donde al hombre le puede atraer la sensualidad de una mujer, su feminidad; o a la mujer le puede atraer la sensualidad de un varón, su masculinidad, y se ha producido lo que llamamos atracción[50], que es el primer elemento del amor eros y que consiste en un conocimiento sensible de una persona a la que nuestras tendencias y sentimientos nos inclinan. Y es luego de las debidas presentaciones iniciales y un primer conocimiento de la otra persona que se da la declaración que en caso de recibir una respuesta positiva da apertura al enamoramiento.

En esta segunda etapa que es el enamoramiento[51], existe un sentimiento que se llama apego, el cual es positivo si es concebido en su correcta medida, es decir, mientras el sentimiento este gobernado políticamente por la razón será muy provechoso dado que permitirá pasar tiempo junto con la persona de la que se está enamorado, momentos en los que la inteligencia podrá descubrir –no en su totalidad- lo verdadero de la otra persona respecto a el camino conjunto del cual se están dando los primeros pasos. No obstante, si el sentimiento no es gobernado por la razón, se caerá en un sentimentalismo que no nos permitirá conocer a la otra persona, sino que configuraremos una imagen según nuestras necesidades y la usaremos como un medio que evita que podamos sentirnos solos.

En la tercera etapa, si la inteligencia a conocido a la persona como verdadera, la voluntad podrá quererla como un bien en si misma –y para nosotros-, es por ello que afirmamos que el amor no es un sentimiento sino un acto de la voluntad[52]. Y en este momento, cuando la voluntad quiere a la otra persona es que se da el amor eros, lo que nos lleva a ir construyendo un proyecto vital común. Este amor eros alcanza su madurez mediante la boda, que es la promesa publica de amar para siempre, sin condiciones y aceptando todas las consecuencias positivas -los hijos- y negativas, esto diferencia a los amantes de las parejas que solo son temporales, vinculadas por intereses, con proyectos vitales independientes en los cuales un hijo es un estorbo que complica la posterior separación y es planificado lo mismo que la compra de algún bien material[53].

Es en el matrimonio, en el amor eros maduro que se configura como amor conyugal, donde se desarrolla de forma plena la donación interpersonal, el dar nuestra intimidad a la otra persona, una intimidad que incluye la intimidad corporal, es decir, el acto sexual –y con él la sexualidad- adquiere su verdadero sentido en el don amoroso de sí misma que hace la persona. Ese donarse a uno mismo forma parte de las diferentes formas de compartir que tiene el ser humano, en ese sentido el acto sexual entre varón y mujer en el matrimonio es una de las muchas formas que tienen los cónyuges de compartir su vida.

El acto sexual incluye el cuerpo, y para ser precisos incluye unos órganos reproductores por lo que se entiende que la finalidad del acto sexual –y una de las finalidades del matrimonio- es la procreación de nueva vida en ese compartir de intimidades. No obstante, actualmente se vive en un mundo donde se ha perdido el sentido de la sexualidad, lo que ha conllevado que el acto sexual se haya separado erróneamente del amor eros, pretendiendo que el acto sexual es una actividad física cuya única finalidad es la de provocar placer en el ser humano, y en ese sentido se ha inflado[54] tanto el tema de la sexualidad que se vende constantemente –a poco valor- por todos los medios en la sociedad, instrumentalizando con ello a la persona.

CONCLUSIÓN

La persona humana vive actualmente caída en el mundo al tener un desconocimiento de lo que ella misma es, y de lo que le podría ayudar a perfeccionarse, es decir, del amor. Por eso, resulta necesario preguntarnos por nuestra naturaleza humana, la cual nos permite orientarnos a la perfección en un espacio y tiempo determinado, es decir habitando el mundo. Por ello, la persona debe formularse un proyecto vital en que recuerde su pasado, reconozca su presente y se proyecte al futuro. Sin embargo, a pesar de la búsqueda de felicidad se da cuenta que del límite de la muerte humana que se le plantea como destino. Por ello, se pregunta por el alma y el cuerpo, los que forman una unidad que constituyen a la persona en sí, dado que individualmente ninguno es la persona humana. No obstante, esa unidad no es tan fuerte para evitar la muerte que es la separación del cuerpo y el alma, pero al ser el alma inmortal, después de la muerte, colocada fuera del tiempo y del espacio estará esperando la necesaria resurrección del cuerpo.

Pero, mientras la persona humana siga instalada en el espacio y tiempo, actuará en base a la libertad para perfeccionar su naturaleza, por lo que se comprende que libertad y naturaleza no son realidades opuestas o contradictorias. Sino que a partir de la autodeterminación que nos permite la libertad, nos dirigimos a la búsqueda de bienes que perfeccionan a la naturaleza humana. Y para garantiza un efectivo perfeccionamiento debe preferirse el bien y evitar el mal, lo que lograremos de modo general teniendo en cuenta la ley natural. Pero, al ser el ser humano un ser imperfecto puede equivocarse al momento de concretizar la ley natural, por lo que, si este error se dio en la formulación de una ley humana, esta es calificada como injusta y lo justo es desobedecerla buscando, según el caso concreto, su eliminación del ordenamiento.

Esto es relevante, dado que al ser la justicia un modo de manejar las relaciones interpersonales brindándole a cada quien lo que le corresponde es justo oponerse a una ley que vulnera la dignidad. Esto se entiende mejor, cuando se concibe a la ley injusta como producto de del odio voluntario o involuntario que intenta conducir las relaciones interpersonales, a lo que debemos oponernos para cuidar la pacífica convivencia humana. Por otro lado, el modo pleno de las relaciones interpersonales es el amor; las personas son lo que son en base al amor –o por la carencia del mismo- que los ha formado en la familia. Por lo que la familia constituye un elemento primordial de la sociedad que dirige el desarrollo de la humanidad, o en su defecto, dada la crisis de la familia que se vive actualmente, vemos que esta crisis familiar dirige el deterioro de la sociedad.

Y es de la familia de donde brotan las personas a la sociedad, y nos vinculamos con otras personas que brotan de otras familias formando amigos y nos hacemos semejantes a esos amigos, enriqueciéndonos como personas por el compartir, dar y dialogar benevolente que se produce en esa relación. Sin embargo, al existir una crisis en la familia nos encontramos en la sociedad con más de un tropiezo dado que algunas personas entran en sociedad buscando aprovecharse de las personas e instrumentalizarlas, por ello es realmente una gran tarea encontrar amigos que podamos ayudar a perfeccionarlos, pero que al mismo tiempo no nos lleven a corromper nuestro camino a la perfección.

Es en este andar con los amigos en sociedad que conocemos a una persona del sexo opuesto, que luego de la atracción, el enamoramiento y el eros se decide de manera conjunta formar un proyecto común por el cual se continúe en la búsqueda de la perfección.  Pero, dado que nos debemos a lo que ocurre en la familia, según como hemos sido educados nos comportamos en una relación eros, siendo que muchas personas al momento de sentir la atracción se dejan llevar por ella, es decir, se concentran en lo físico y buscan de manera desmesurada usar a la otra persona para sentir placer, o se cae en un sentimentalismo que usa a la otra persona para encubrir la soledad que mantiene en su ser y se formula una dependencia que puede resultar en extremo peligrosa.

Por ello, es importante entender que del conocimiento de lo qué es la persona y del conocimiento del papel que juega el amor en el desarrollo personal se puede generar un cambio en el manejo de las relaciones sociales y de la búsqueda personal –siendo que lo personal en la persona humana es interpersonal- de la perfección humana, es decir, de la felicidad. Mientras que la persona no se descubra como un ser destinado a buscar la perfección de su propia naturaleza, la que le reclama constantemente esa perfección seguirá caído en el mundo dejándose llevar por lo material y su vida carecerá de sentido y solo podrá formularse un proyecto vital mediocre e impersonal.

Necesitamos cuidar a la familia, y, entender que el ser padre y ser madre es el modo natural de prolongar el ser varón y el ser mujer. Mientras que no se tenga una noción de la persona, no se descubra el papel del amor, no nos entendamos como hijos que tienen una deuda impagable a nuestros padres, no nos comprendamos como varón o mujer; no se podrá dar esperanza a la vida humana que le permita llegar a la felicidad interactuando benevolentemente con otros en sociedad.

Esto significa que solo rescatando el verdadero sentido de la vida humana a partir de un conocimiento de lo qué es la persona humana y de las relaciones que establece a lo largo de su vida, las cuales deben estar guiadas por el amor, se podrá tomar esperanzadamente una mano que nos libere de esa naturaleza caída, no perfecta, pero deseosa de perfeccionarse, y podremos alcanzar la felicidad en cada peldaño de la escalera de la vida humana y en cada una de nuestras dimensiones, dado que para alcanzar dicha felicidad, no debemos nunca de renunciar a la tarea de buscar la verdad, es decir, de buscar saber lo que las cosas son, lo que es la persona humana y en qué consiste y cómo alcanza su felicidad o perfección plena.

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SANTO TOMÁS, Suma Teológica.

                           De ente et essentia.

                           Compendio de Teología, Madrid: RIALP, 1980.

SELLÉS, J. Antropología para inconformes. Una antropología abierta al futuro.  Navarra: RIALP, 2006.

SPAEMANN, R. Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”. [2ª ed.]. Pamplona: EUNSA, 2010.

WOJTYLA, K. Amor y responsabilidad. Madrid: Editorial Razón y Fe, S.A.,1978.

                               Persona y acción. [2ª ed.]. Madrid: Ediciones Palabra S.A., 2014.

                          Carta Encíclica Deus Caritas Est. (JUAN PABLO II).

[1] Cfr. TOMÁS DE AQUINO. De ente et essentia, Prólogo.

[2] Wojtyla considera como experiencia a todo aquello que produce un conocimiento, por ello, afirma que el hombre “actúa”. Y de la reflexión de su propia acción se capta a sí mismo. (Cfr. WOJTYLA, K. Persona y acción. [2ª ed.]. Madrid: Ediciones Palabra S.A., 2014. pp.39-41.).

[3] Cfr. DESCARTES, R. Meditaciones metafísicas. Madrid: Gredos, 1987. p.25.

[4] Cfr. CASTILLO, L. Los derechos constitucionales: elementos para una teoría general. [3ª ed.] Lima: Palestra Editores, 2007. pp.29-33.

[5] Cfr. SPAEMANN, R. Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”. [2ª ed.]. Pamplona: EUNSA, 2010. p.28.

[6] Cfr. Ibíd. p.228.

[7] Cfr. WOJTYLA, K. Persona y acción…, ob. cit., p.42.

[8] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana. Pamplona: EUNSA, 1996. p.87.

[9] Cfr. ARISTÓTELES. De Anima, 412 a20.

[10] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.33.

[11] Cfr. PLATÓN. Fedón 64c.

[12] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., pp.34-36.

[13] Cfr. MARTÍ, G. Naturaleza y ser del alma: a la luz de los principios aristotélico-tomistas. Pamplona: EUNSA, c2014. pp.189-195.

[14] Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Compendio de Teología, Madrid: RIALP, 1980. Cap. 227, n° 477.

[15] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.471.

[16] Cfr. GARCÍA. J. Antropología Filosófica. Una Introducción a la Filosofía del Hombre. [5ta ed. – 1ª reimpresión]. Pamplona: EUNSA,2011. pp.244-245.

[17] Cfr. Ibíd. pp.248-254.

[18] Cfr. REALE, G. Storia della Filosofía Antica. Platone e Aristotele. Tomo II. Milano: VITA E PENSIERO, 1984. Pág. 150.

[19] Cfr. BURGOS, J. La antropología personalista de persona y acción. pp.117-143. En: BURGOS, J. (Ed.). La filosofía personalista de Karol Wojtyla. [2ª ed.]. Madrid: Ediciones Palabra, 2011. pp.132-134.

[20] Cfr. SELLÉS, J. Antropología para inconformes. Una antropología abierta al futuro.  Navarra: RIALP, 2006. pp.541-546.

[21] SANTO TOMÁS, Suma Teológica I-II, q.90, a.1.

[22] Cfr. SANTO TOMÁS, Suma Teológica I-II, q.91, a.4.

[23] Cfr. LOPÉZ, J. Historia de la Filosofía del derecho clásica y moderna. Valencia: Tirant lo Blanch, 1998. p.189-190.

[24] Cfr. DEL VECCHIO, G. Filosofía del Derecho. [Trad.: RECASENS SICHES, L.] México: Editorial Hispano-americana: 1946. p.34. La conciencia separa al hombre del individualismo y lo relaciona con todo su entorno a través de unos determinados criterios internos en cada persona, pero no subjetivos sino objetivos o universales, comunes o aplicables a toda la realidad, los cuales deberían estar regulados por la ley natural. (Cfr. SPAEMANN, R. Personas…, ob. cit., p.165.).

[25] Cfr. LOPÉZ, J. Historia de la Filosofía, ob. cit., p.193.

[26] La justicia para Santo Tomás es definida como la “constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho -lo justo, lo suyo-.”. (Cfr. SANTO TOMÁS, Suma Teológica II-II, q.58, a.1.).

[27] SAN AGUSTÍN. De libero arbitrio, libro I, c. 5.

[28] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.183.

[29] Cfr. SELLÉS, J. Antropología para inconformes…, ob. cit., pp.613-619.

[30] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., pp.81-84.

[31] Cfr. MARTÍNEZ, F. Ser y diálogo; Leer a Platón. Madrid: Istmo, 1996. p.129.

[32] Cfr. ÁLVAREZ, A. El amor: de Platón a hoy. Madrid: Palabra, 2006. pp.21-22.

[33] Cfr. GARCÍA. J. Antropología Filosófica…, ob. cit., p.174.

[34] Cfr. Ibíd. p.176.

[35] Cfr. JUAN PABLO II. Carta Encíclica Deus Caritas Est. Numeral 16.

[36] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., pp.110-112.

[37] Cfr. Ibíd. p.111.

[38] Ante un padre-proveedor el otro progenitor no podrá actuar en el ámbito laboral. Y el abandono del hijo por parte de ambos padres-proveedores, es el inicio de una serie de carencias vitales.

[39] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.205.

[40] Cfr. GARCÍA. J. Antropología Filosófica…, ob. cit., p.178.

[41] Cfr. Ibíd. p.174-179.

[42] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.207.

[43] Cfr. Ibíd. pp.208-209.

[44] Cfr. GARCÍA. J. Antropología Filosófica…, ob. cit., p.1183-184.

[45] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., pp.269-273.

[46] Cfr. SELLÉS, J. Antropología para inconformes…, ob. cit., p.333.

[47] Cfr. SANTAMARÍA, M. Saber amar con el cuerpo: ecología sexual: (versión 2.0). [6ª ed.]. Madrid: Ediciones Palabra, 2001. p.53.

[48] Cfr. WOJTYLA, K. Amor y responsabilidad. [12ª ed.]. Madrid: Editorial Razón y Fe, S.A., 1978. p.84.

[49] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., pp.269-274.

[50] Cfr. SANTAMARÍA, M. Saber amar con el cuerpo…, ob. cit., p.15.

[51] Cfr. Ibid. pp.15-16.

[52] Cfr. YEPES. R. Fundamentos de antropología…, ob. cit., p.190.

[53] Cfr. Ibíd. pp.195-196.

[54] Cfr. Ibíd. p.287.

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